Fernando Mendoza, el quarterback que nadie vio venir

Fernando Mendoza, el quarterback que nadie vio venir

Había 133 quarterbacks mejor rankeados que Fernando Mendoza en la clase de reclutamiento 2022. Florida International ni siquiera le ofreció una beca. Su plan de respaldo era una pasantía en una firma de inversión inmobiliaria cerca del campus de Berkeley. Hoy, está a horas de ser elegido con el pick número uno del draft NFL, por los Las Vegas Raiders, en una franquicia donde Tom Brady tiene participación accionaria y se está involucrando en las decisiones de personal.

La simetría es demasiado prolija para ser accidental. Y sin embargo, nadie la diseñó.

Mendoza creció en Miami idolatrando a Brady. Tenía una foto suya en Instagram vistiendo la camiseta de Michigan, con el casco de los Wolverines, con ese mismo físico alto y delgado que después se convertiría en argumento de scouting. Memorizó los métodos del TB12: ocho horas de sueño mínimas, dieta antiinflamatoria, el libro de métodos subrayado. Dejó de comer frito. Intentó dejar el azúcar, pero las donas resultaron ser su kryptonita. Eligió como mentores filosóficos a Epicteto, Marco Aurelio y Ryan Holiday. Borró todas las redes sociales de su teléfono excepto YouTube y LinkedIn. Su perfil de LinkedIn, dice su padre, Fernando Sr., “es para real. Es un homenaje a su verdadero yo.”

Todo eso antes de ganar el Heisman. Antes de coronarse campeón nacional invicto con Indiana, un programa que no había alcanzado nada parecido desde el siglo XIX. Antes de que alguien fuera de Bloomington supiera pronunciar su apellido.

El jugador que el tape no termina de explicar

Los analistas que revisaron su cinta de college coinciden en los mismos puntos. Precisión excepcional en throws cortos e intermedios. Colocación de balón que facilita yards after catch. Efectividad en la zona roja donde terminó la temporada con 27 touchdowns y cero intercepciones en ese sector. Valentía para aguantar presión. Release compacto. Toma de decisiones por encima del promedio.

Y también coinciden en las mismas dudas. La mecánica de su hombro en throws profundos, donde el hombro delantero se abre antes de tiempo y la pierna trasera termina demasiado cerca de la delantera, produce una cadena cinética parecida a la de un pitcher de béisbol. El resultado es inconsistencia cuando necesita empujar el balón 40 o más yardas. Su movilidad en el pocket no es la de un atleta de élite. Hay jugadas donde abandona la protección antes de lo necesario, saltándose opciones más sencillas en la progresión diseñada.

Un análisis de The Ringer le asigna una calificación B- en movilidad y manejo del pocket, y lo ubica en el noveno lugar entre quarterbacks elegidos en primera ronda desde 2020, por encima de Jordan Love pero por debajo de Jayden Daniels. La comparación más optimista que circula es Matt Ryan. La comparación más honesta, según el mismo análisis, es Sam Bradford de joven y sano: tamaño, brazo funcional, inteligencia procesual, movilidad limitada.

“Dicho esto, es difícil encontrar prospectos de quarterback que hagan los buenos throws contra el blitz que Mendoza hizo tan seguido en Indiana, especialmente cuando eso significa pararse firme y mirar de frente a la presión.”

El debate no es si Mendoza es bueno. El debate es si es suficientemente bueno para justificar el pick número uno, y si hay algo en su interior que pueda cerrar la brecha entre lo que ya es y lo que los Raiders necesitan que sea.

Lo que el tape no puede medir

Chandler Whitmer, su coach de quarterbacks en Indiana y hoy en Tampa Bay, dice que cuando empezaron a trabajar juntos no lo veía como un prospecto profesional. Pocas semanas después lo describía como “diferente y especial.” Lo que cambió no fue el brazo. Fue la cabeza. “A veces su cerebro va más rápido que su boca”, dice Whitmer. El trabajo fue aprender a soltar, a fluir, a no espiralizarse después de una mala serie.

Mike Pawlawski, coach de mentalidad que trabajó con Mendoza desde Cal, dice que el quarterback hacía más preguntas que los periodistas de la fuente y tomaba notas como si su futuro dependiera de cuántas escribía. Tres juegos después de que Mendoza llegó a Indiana, Pawlawski llamó a un amigo y le dijo que ese chico iba a ganar el Heisman.

Mendoza transfirió a Indiana rechazando una oferta de Georgia, una potencia del SEC que habría dado más visibilidad pero menos libertad de desarrollo. Eligió Bloomington en parte para jugar con su hermano menor Alberto, y en parte porque Curt Cignetti le prometió el tipo de estructura que buscaba. La apuesta pareció absurda en septiembre. En enero era campeón nacional.

Sus compañeros de equipo en Indiana compraron sus propios pasajes para estar en Times Square la noche del Heisman, porque los tickets de la ceremonia eran limitados y Mendoza no pudo llevarlos adentro. Estuvieron igual. Pawlawski los llama “un imán humano.” Sus compañeros en Cal, cuenta, querían que sus propios coaches lo pusieran a jugar más de lo que estos estaban dispuestos a hacerlo.

La pregunta que los Raiders se están haciendo no es si Mendoza puede aprender un sistema ofensivo. Es si puede construir un vestuario. Brady podía parecer robótico en público y aun así anclar el cuarto de los jugadores con humanidad. Mendoza tiene el material para algo similar. Tiene ascendencia cubana, abuelos que huyeron de la revolución, una madre con esclerosis múltiple que le armaba circuitos de obstáculos en parques cuando tenía ocho años y que le enseñó el español que usó en su discurso del Heisman. Tiene un hermano menor. Tiene compañeros que viajaron a Nueva York por él.

Lo que no tiene todavía es una sola snap en la NFL.

Las Vegas le da un equipo con piezas reales: Ashton Jeanty en el backfield, Brock Bowers en el tight end, un nuevo head coach de orientación ofensiva en Klint Kubiak, y Kirk Cousins como mentor veterano. Y tiene a Brady en el edificio, el jugador que Mendoza estudió como si fuera un texto sagrado. El universo tiene sentido del humor o tiene sentido del drama. Difícil saber cuál.

Lo que sí es claro es que Mendoza llega a la NFL habiendo demostrado exactamente una cosa: que todo lo que la gente dijo que no podía hacer, lo hizo. La pregunta que nadie puede responder todavía es si eso alcanza para lo que viene.